La conspiración de las palomas
O el desplome (desplume) de un hombre (no tan) común
Un hombre roto. Solitario. O en proceso de romperse. Una madre ausente que no obstante, se resiste a desaparecer. Una casa habitada por ecos y fantasmas. Una mujer amada y deseada hasta el hartazgo. Una extraña forma de vida en el patio. Hibridez pesadillesca. O símbolo del saṃsāra. La muerte ronda o la idea de la muerte. Y las palomas… Un concierto de palomas que da forma a la teoría conspirativa que le da título a esta historia.
Carolina Toro, autora de esta novela titulada La conspiración de las palomas, rasga con natural destreza el velo que separa la realidad de la ficción, pasando de una a otra como quien da brincos entre dos andenes y esquiva con habilidad de malabarista la embestida del tren. De paso, delinea, con precisión, a un protagonista inquietante, que a ratos inspira compasión, y a ratos, miedo.
La espiral de decadencia que experimenta Nando (protagonista de La conspiración de las palomas), lo precipita hacia aquello que en el fondo siempre ha sido: un pájaro hosco y solitario, un rara avis que se siente incómodo tanto dentro como fuera del nido. Las personas no le agradan, por eso prefiere tomar distancia, y las preguntas personales no le sientan bien. La voz transfigurada de su madre lo reprime y lo reprende, mientras otras voces y presencias de mujeres lo acorralan. Mujeres cuyos nombres comienzan —coincidencia o no— con «M» de mamá. Como Miranda, Mira(nda), Mira(y)Anda: la mujer que Nando observa, mira a la distancia, escondido detrás de la cortina, tocándose, voyerista, Peeping Tom. Llegado un momento crucial, Nando alcanza un punto de no retorno donde se agudizan sus patologías, se profundizan sus paranoias y el miedo al rechazo, la obsesión y la violencia que anidan en su interior se desatan. La construcción psicológica del personaje me recuerda a películas como Spider, interpretada por Ralph Fiennes en esa poco citada obra de David Cronenberg, y al personaje del Guasón, interpretado por Joaquin Phoenix. Y la analogía no es del todo antojadiza, ya que esta novela, además de presentarnos a un hombre mentalmente perturbado, tiene la particularidad de ser evocadora, visual y adictiva por partes iguales, como una buena película que, tras hondas ingestas de agua carbonatada, te obliga a aguantar la urgencia porque no quieres perderte detalles de la historia.
La novela, además, se construye a través de versiones complementarias que los personajes experimentan sobre un hecho compartido: son las imágenes multiplicadas que ofrece un caleidoscopio. Al mismo tiempo, relata situaciones en las que la autora elige no enfatizar (con evidente astucia) generando un espacio de bien entendida ambigüedad, con la que se permite jugar, instalando en el lector la legítima duda: ¿en serio acaba de pasar esto que acabo de leer?, ¡guau!
La visceralidad de La conspiración de las palomas produce reacciones igualmente viscerales (como ocurre con las películas de Cronenberg, de nuevo, y los relatos de Mariana Enríquez): el estómago se revuelve, los sentidos se crispan. A través de sus páginas la novela deja oler la repulsa, invoca la náusea y la desolación. La experiencia es intensa y desgarradora. Y adicionalmente, ofrece múltiples lecturas.
Puesta en el estante literario, La conspiración de las palomas quedaría en buena compañía junto a autoras como Camila Sosa Villada, Dolores Reyes y la ya citada autora de Nuestra parte de noche, Mariana Enríquez. Además, se sentiría cómodamente franqueada por obras de Franz Kafka, Ambrose Bierce y Gabriel García Márquez.
Presentación del libro La conspiración de las palomas: